¡Piñata!, más café por favor.

Si Sanborns es mejor que Vips, no lo sé. Muchos nombres figuran en la lista de cafeterías en México, pero sin lugar a dudas Sanborns lleva tanto tiempo de existencia que se ha consagrado como clásico omnipresente en la geografía urbana del DeFe y toda la República.

Sabemos que no es un templo donde se pueda rendir culto a placeres sibaritas, pero siempre está ahí (en ocaciones, las veinticuatro horas), con sus enchiladas suizas , chocolate, chilaquiles –verdes o rojos, usted escoja– y café insípido a granel. ¡Piñata!, más café por favor.

¿Y es que quién no ha estado sentado en sus mesas a altas horas de la noche, cuando sólo la gente de moral intachable y los desafortunados antisociales están en su casa, soñando? ¿A qué noctámbulo de moral distraída, bebedores naturales de café, no le han llenado su taza sin piedad almidonadas piñatas?

—¡Vamos a los azulejos! —Dijo alguien muy original.

El tiempo no pasa en el Palacio Azul –primer Sanborns de la ciudad y antigua mansión de los Condes del Valle de Orizaba–, llegan los recuerdos: charlas con la mejor amiga tratando de arreglar el mundo, veloces idas al baño sin comprar nada, rápidas lecturas de la revista de moda, molletes a las seis de la tarde y citas con el amor eterno del instante. El lugar no ha cambiado.

SanbornsMadero ¡Piñata!, más café por favor.Llegamos una horda de gastrónomos a la antigua mansión colonial. Atravesamos la talaveresca fachada, subimos las escaleras –aderezadas con un mural de Orozco que no es de mi agrado– y, entre pilares y rollizos ángeles barrocos, llegamos a un salón escondido y sobrio. Somos quince señoritas. -No, no quiero ahí- refiriéndome al escondido y sobrio salón. -Mejor allá- dije señalando otro de estilo porfiriano.

Una almidonada mesera piñata nos conduce a una mesa pegada a la pared.

El salón está ocupado en su mayoría por señores de la tercera edad, que beben café y fuman, -¿Café o té?- nos pregunta la almidonada. -A mí tráigame una Coca-cola-, dije sin mucho empacho. Soy colaholic declarado y no importa la hora, la negra bebida siempre es requerida. Café, piden los demás con cierta resignación, entonces la piñata trae una jarra de un dudoso líquido oscuro que sirve con poca gracia en las típicas tazas azules sanbornianas. Del otro lado de la mesa se escucha una voz femenina que pide: -Crema, por favor-. Tal vez con la esperanza de mejorar o disfrazar el mal sabor del café. ¡Piñata!, más café por favor.

Me entregan la carta cuando ya había decidido que pedir: Tecolotes. Éstas singulares delicias, que no son nada del otro mundo ni tienen que ver con el ave que les da su nombre, consisten en dos bolillos abiertos, untados con frijoles y cantidades obscenas de mantequilla, cubiertos por chilaquiles y queso: pecaminoso, no apto para los obsesionados con la buena figura y para aquellos que busquen un lugar en el cielo.

A mi lado piden waffles y chilaquiles, obviamente mi entrometido tenedor urgará en esos platos para probar aquellos platillos, aquí no me importan mucho las reglas de etiqueta aunque tenga una servilleta de tela sobre mi pierna.

Mientras la mayoría se desesperaba por la tardanza de los chilaquiles, mi platillo fue de los primeros en llegar. La mesera-piñata parecía apurada y nerviosa por la cantidad de personas a la mesa, seguro ignorante de que éramos gastrónomos –a veces comesales insoportables–, aunque probablemente intuía algo extraño en nosotros.

Llegan los demás platillos, todos parecen satisfechos, no esperan el servicio de un gran restaurante. -Más crema-, piden a mi izquiera, -Cuelen mi jugo otra vez-, dicen a mi derecha, como en la canción de Cri-Cri.

2511519511 9a6520f188 ¡Piñata!, más café por favor.Mis tecolotes estuvieron ricos, como siempre, llenadores. Nunca me quejo de ellos, por eso los pido siempre. Bastante decepcionado estoy de aguadas enchiladas o de porciones pequeñas a precios ridículos.

Suena mi celular, y después de una llamada inesperada, de un pleito de una compañera con la mesera (provocado por lo poco crujiente de sus chilaquiles) y de haber comido las sobras de un waffle tieso de una amiga (con grandes cantidades de miel y mantequilla, suficientes para mantenerme en pie por dos días) pedimos la cuenta.

Sanborns es de esos lugares que siempre estarán ahí, que ya tiene su lugar ganado. Cuando se quiera beber mal café –actividad divertida si es llevada hasta sus ultimas consecuencias– o soportar un servicio mediocre o esmerado según el humor de la mesera-piñata que lo atienda, ahí estará; no importa que la ciudad se esté colapsando, que llueva, tiemble o relampaguée, siempre podrá decir: -¿Pues ya que?, vamos a Sanborns-.

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4 Comentarios

  1. necesito una receta para hacer rendir el chocolate cuando lo llevas a baño maria ? gracias

  2. El chocolate no se va a hacer más o menos por fundirlo, si le agregas algún ingrediente más, deja de ser chocolate y sus cualidades cambian totalmente, una sola gota de agua puede arruinarlo.
    Se pueden hacer mousses, ganaches o cremas dependiendo los ingredientes que agregeso los resultados que necesites.
    Si me especificas eso, quizá pueda ayudarte.

  3. un articulo cómico, “llenador”, entretenido y piñata… como Sanborns!

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