Un gringo en Tuh-Koo-Bah (sí, Tacuba)
Si estas borrosas imágenes de celular no te dan una idea de por qué los mexicanos disfrutan tanto repetir la palabra “Tacuba” – /tuh-koo-BAH/ – te pueden al menos dar una idea de por qué los pintores aman tanto México.
Nada provoca tantos grititos como cuando los buenos mexicanos leen mis delirios sobre el Metro Pantitlán, así que aquí va otra punzada sobre lo que se evoca cuando uno deambula por los vacíos y solitarios tianguis en las primeras horas de la mañana.
Pintores de genuina calidad rápidamente descenderán, por supuesto, a una depresión mórbida en cuanto se bajen de su vaporeto para observar la feria de arte de Los Ángeles en Venecia, Italia, cada dos años.
Un pintor se entrena para trabajar con practicalidad -un código estrictamente utilitario- donde cada pulgada cuadrada de superficie es una representación exacta del todo -cada uno jalando hacia- actuando para completar una totalidad. No hay frivolidad ni espacio desperdiciado -quizás, exactamente lo opuesto de la Biennale de Venecia.
El tianguis opera de modo similar.
El espacio es dividido en cubos burdos y distribuído entre la gente. Cada individualidad debe trabajar para el espacio, acentuar sus mejores atributos, aminorar los defectos, preservar los contenidos y traerlos plenamente en contacto con la economía que existe más allá del control del individuo. Las necesidades son evocadas y las sensibilidades, seducidas.
Y si todo fuera un show -un artificio- entonces sería un artificio necesario.
Y ese uso-valor se vuelve más aparente cuando el tianguis es abandonado de noche. Después de todo, nosotros no somos sino estructuras armadas para uno u otro propósito. A pesar de lo mucho que nuestra arquitectura nos disfraza, seguimos tratando conocernos a nosotros mismos -nuestro yo económico, nuestro yo comercial, ¿Quién come qué y se vuelve qué y dónde lo come?
Por supuesto, el hombre que hizo de Tacuba lo que es, entendió algo de esto. Tezozomoc, quien vivió hasta los 106 años y quien atestiguó mucha de la espansión del poder de Tepanac en esta esquina del valle de México, fue posteriormente descrito por Fernando de Alva Cortés Ixtlilxochitl como:
“El hombre más cruel que haya vivido, orgulloso, guerrero y dominante. Y él era tan viejo, de acuerdo a lo que aparece en las historias, y a lo que los príncipes viejos me han dicho, que lo cargaban como un niño envuelto en plumas y suaves pieles; siempre lo llevaban al sol para calentarlo, y de noche dormía entre dos grandes braseros, y nunca se alejó de su brillo, porque carecía de calor natural. Y era muy prudente en su alimento y bebida, y por esa razón vivió tanto tiempo”
Entradas Relacionadas:
- No hay entradas relacionadas.


