Megabiblioteca: Oasis silencioso

La Megabiblioteca Vasconcelos ha levantado harta polémica desde antes de construirse, y todavía terminada tiene sus críticos. Que si costó demasiado, que si se está hundiendo, que si los libros están bien chafas, que si el concurso estuvo arreglado, que si es la nave de escape intergaláctico de Martita y Fox… bleh.
Ubicada al ladito de la estación Buenavista, la gigantesca obra de Alberto Kalach saluda a los usuarios del tren suburbano y a los paseantes de Insurgentes.
La biblioteca la conocí antes de que Buenavista recibiera los trenes rojiblancos. Al principio no me gustó, pero le fui agarrando cariño poquito a poquito a fuerza de conocerla. Con sus muros de concreto, su ballena flotante y sus estanterías colgantes, la Megabiblioteca se me figuraba como un barco encallado a media ciudad, uno casualmente lleno de libros.
Aparte del acervo, las vistas del Defe desde sus pisos superiores valen mucho la pena, así como el eterno frescor de su interior.
Gracias al tren suburbano, la Megabiblioteca se convirtió en mi refugio veraniego. Aunque ahí me encontré un libro de Rem Koolhaas bien bonito, a veces ni siquiera leía y sólo salía a los balcones a mirar la Latino y los edificios de Tlatelolco desde arriba. El silencio y los ecos de la Megabiblioteca la convierten en un buen lugar para aislarse del pandemonio de las calles capitalinas, y su gran tamaño garantiza rincones solitarios para los que sufrimos ansiedad social.
Sonará muy “naive”, pero el hecho de ser un santuario urbano para quien quiere silencios entre tanto bullicio urbano hace que la biblioteca, al menos para mí, desquite su precio.



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Qué bonito texto!
comparto tu opinion; puma!! cuando ande por aquellos lados la voy a ir a visitar. Es un hecho!