El Mirador

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Ver la ciudad desde arriba: esa es mi obsesión. No he encontrado nada que disfrute más que mirar el Defe a mis pies y escuchar el murmullo continuo de motores y sirenas que se mezclan para darle voz a la mancha multicolor que se extiende en el valle.

Cuando el azar decide que volvamos a habitar en la región más transparente del aire, lo más seguro es que me puedan ver corriendo cámara en mano hacia algún punto en las alturas.

A lo largo de mis correrías obsesivas he estado en algunos “miradores” repartidos por la ciudad: La Cúspide, los balcones de la Megabiblioteca, el último piso del nuevo edificio de mi escuela atizapeña, Los Remedios, algunas calles en Bosques de las Lomas, el restaurante del WTC y por supuesto el ya extinto mirador de la Torre Mayor. Pero mi favorito sigue siendo el primero que conocí, y en el que la mayoría hemos estado: el de la Torre Latinoamericana.

mirador 3 228x300 El MiradorLas ganas de ver todo desde arriba y mi terrible fanatismo por los edificios altos (del que salen jocosos juicios freudianos) surgieron cuando mi madre me llevó por primera vez al mirador de la Latino cuando yo ya podía caminar y acordarme de las cosas. Lo que vi esa vez poco concuerda con lo que hay ahora, pero el sentimiento prevalece. Desde entonces observo la Latino con una reverencia ligeramente perturbadora.

He vuelto al mirador varias veces y extrañamente recuerdo cada una, aunque tengo mis favoritas. El primer domingo que escapé de casa en la madrugada para ver el amanecer acabé desayunando en la cafetería del mirador. En primer semestre de la carrera nos llevaron a una conferencia en Bellas Artes, pero casi todos acabamos en el piso 42 conviviendo. Y la penúltima vez que estuve ahí fue porque tuve la genial idea de enseñarle las luces de la ciudad a un gran amigo venido de muy lejos, sin preguntar antes si le  gustaban las alturas.

Festejando que el cielo estuvo muy azul y que al fin podía pasearme entre semana por el centro, decidí ir a la Latino una vez más. Sin disimular mi emoción estuve tomando fotos, soltando suspiros dramáticos y esbozando una sonrisa casi ridícula. No podía contenerme, ni quería.

Cada visita al mirador es encontrarme con los buenos recuerdos que he dejado a 180 metros sobre el nivel de la calle, aderezados con una de las mejores vistas de toda la ciudad. Aguantando el viento helado y mirando el sol ponerse sobre Santa Fe, volví a enamorarme del reducido espacio del piso 42 y su vista sin igual.

Las luces de la ciudad se fueron encendiendo poco a poco y los volcanes se fueron desdibujando en la oscuridad. La ciudad acentuó su susurro con la hora pico y supe que era hora de regresar a los suburbios, desde donde no se alcanza a ver la Latino. Di una última vuelta y de pronto ya estaba en Eje Central. Y al seguir sintiendo esa felicidad absurda que nada más he encontrado en la punta de la torre, no pude evitar voltear hacia arriba antes de correr hacia Bellas Artes.

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2 Comentarios

  1. wow!!! magnifico realmente me haces sentir que tambien yo estoy ahi y me contagias de tu “sonrisa casi ridicula” como tu la llamas, pero solo a los que nos gusta ver, admirar, disfrutar la ciudad desde las alturas “podriamos” entendemos el sentir. Claro con esto no excluyo a los que no lo han intentado, probado o siquiera pensado porque el articulo por si solo te transporta.

    Yo lo vi en las noticias y me resulto tan maravilloso, que ganas de esta ahi, poder observar y sentir lo que tu pudiste “palpar” y yo solo observar a traves de un televisor. La distancia me separa una ciudad de la cual me enamoro cada dia mas……

  2. magnífica entrada y excelentes fotos, Isaac. I miss DF.

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